jueves, 28 de julio de 2011

André Maurois

André Maurois, fotografiado por Henri Manuel.

Fue en 1927 cuando André Maurois tomó contacto, por primera vez, con los Estados Unidos. Al principio quedó sorprendido, no seducido. El ruido le aturdía, y la dimensión de los inmuebles le impresionaban. Este pueblo inmenso y abigarrado, ¿era un pueblo de gigantes o de niños grandullones? La agitación de París le parecía poca cosa al lado de Nueva York. Metrópolis con su publicidad desbordante, sus automóviles, sus ascensores, sus teléfonos, abrumaban al transeúnte europeo.
El alma estadounidense le fue súbitamente revelada al viajero en Northampton, Massachusetts, al tomar contacto con las estudiantes del "Smith College". Vio a esta multitud de muchachas bailar, remar, nadar, tirar con arco; las vio pasearse bajo los árboles, fumando un cigarrillo. Algunas le comunicaron sus proyectos: "Seré periodista", dijo una. "Seré dibujante", dijo otra. Todas hablaban de Francia con entusiasmo.
"Somos pobres objetos -escribió Maurois- que fuerzas indiferentes desplazan en un universo loco. ¿Por qué yo, tranquilo francés, estoy ahora en Northampton, sentado ante la mesa de una desconocida anfitriona? ¿Por qué? Pero ¿por qué no? Lanzado de ciudad en ciudad, encontrando en cada lugar algún ser amable, me doy cuenta de que este pequeño amasijo de protoplasma al que llamo "yo" podría vivir aún veinte o treinta años en cualquier lugar, con tal de que se le proporcione una cama, agua y un poco de pescado asado. Sin duda, sería más feliz en Neuilly (Seine), ante los desnudos y delgados árboles del bulevar Víctor Hugo, pero en "Smith College" no perecería; quizás encontrara almas nobles y sentimientos bastante vivos..."

Traducción de Françoise Parella

André Maurois
Jacques Suffel