jueves, 28 de julio de 2011

Las mil noches y una noche

Jean-Jacques Antoine Leconte du Nouy. Harén

Yo ofrezco desnudas, vírgenes, intactas y sencillas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes vividas, soñadas y traducidas sobre su tierra natal y sobre el agua.
Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.
Por eso las doy.

Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y roca.
Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la literalidad, una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata... ella fija.
La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito que así sea; porque ¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre...?

¡En cuanto a la acogida que tendrán estas joyas orientales...! El Occidente, amanerado y pálido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje -gorjeo simple, sonoro y juvenil- de estas muchachas bellas y morenas nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen.
Entienden poco de malicia las huríes.

Traducción de Vicente Blasco Ibáñez

Promesa del traductor a sus amigos
J. C. Mardrus