lunes, 24 de agosto de 2009

Thais de Alejandría

Auguste Raynaud. Regando el jardín.
De nación frigia dicen que era, y que había amanecido un día bailando en las calles de Alejandría. Otros la tienen por cretense, y más de dos ciudades antiguas se disputaron la gloria de su cuna.

Sus primeros amantes fueron marineros. Yo ignoro si en Alejandría había tabernas y si en esas tabernas los marineros de Levante se sentaban a beber, cantar y hacer el amor. Si las hubo, Thais se sentó más de una vez en las rodillas de un marinero de Tiro o de Esmirna, marineros que quizás habían pasado las Dos Columnas y navegado al ámbar y al estaño de los mares boreales, grises y fríos. Primero marineros, luego mercaderes. Y ya comenzaron las sedas y las perlas, el oro y el damasco, las esencias de rosa y jenjibre, la púrpura de las uñas, el añil de las pestañas, el carmín de Sidón y el incienso y la palma de alcanfor en los pebeteros. Un día toda Alejandría se sorprendió viendo a la danzarina en un hermoso palacio, con eunucos, esclavas y un príncipe ptolemaico a sus pies. Alejandría albergaba en su seno a la más rica y hermosa de las cortesanas, y todo el pueblo la alabó. Y comenzó la leyenda de Thais de Alejandría.

Balada de las damas del tiempo pasado
Alvaro Cunqueiro