martes, 29 de septiembre de 2009

La isla de Juan Fernández

Miguel Sánchez-Ostiz. La isla de Juan Fernández, Ediciones B, 2005
Los sedentarios por oficio no entenderán jamás a quien siente de continuo la necesidad de partir, de moverse, de ir a otra parte, aunque sea para regresar.

Entre las notas que tenía tomadas sobre la isla y que traigo conmigo, algunas ya viejas, que hacen referencia a los robinsones y a las robinsonadas, encuentro las del navegante solitario Joshua Slocum, el primero que dio la vuelta al mundo en solitario en un velero de once metros.
A propósito de la vista de las montañas azuladas que ascienden verticales hasta las nubes como los muros de una rara fortaleza flotante y que resultan visibles a más de treinta millas, escribe Slocum: " A la vista de la isla me invadió una profunda emoción e incliné la cabeza, podemos mofarnos de los "salaams" de los orientales, pero yo no encontré ningún otro medio de expresar lo que sentía..."
Todos los que han escrito de esa primera visión desde lejos, coinciden con la sensación de maravillamiento que expresa Joshua Slocum.
R. E. Dana en sus Dos años al pie del mástil también dice lo mismo. Y por supuesto los tripulantes del Challenger, el buque oceanográfico inglés, un laboratorio con velas, que circunnavegó a finales del XIX y tocó la isla, tanbién tuvieron esa misma sensación.
La isla de los sueños, el escenario de las aventuras remotas, el de la invención. Ahí está.

La isla de Juan Fernández
Miguel Sánchez-Ostiz