sábado, 17 de octubre de 2009

El holandés errante

Gustavo Doré. Barco entre los hielos.
Cuando va a ser visto el holandés por esos mares de Dios, generalmente alguien sueña con él. Casi siempre han sido mujeres. La última vez que alguien habló con él fue en Marsella, en 1817. El holandés desembarcó y la hija de un tratante en cueros se enamoró de él. Un tío de la muchacha había sido agente de Fouché, y era de los más exaltados napoleónicos. Se le ocurrió que el holandés errante podía ir con su nave a Santa Helena, recoger allí al Gran Corso y traerlo a Francia. El errante dijo que tardaría siete años en poder volver a tocar tierra.
-¡No podemos esperar tanto! -dijo el marsellés- ¡Francia hiede!
Y golpeaba la mesa de roble, que había sido del priorato de Bellecourt, con un saco de cuero lleno de monedas de oro, de espléndidos napoleones, que alzaba difícilmente con las dos manos...
No me digan que no hubiese sido precioso el retorno del Emperador en la nave del holandés errante.
El extraño y desesperado viajero eterno va a ser visto en cualquier parte, en una de esas raras escalas que le están permitidas. Mientras dure su peregrinación, su nave no se hundirá, y el irreprochable roble germánico de que está construida, no lo pudre el mar. Los grandes temporales respetan sus mástiles y sus velas, y la provisión de pan y agua a bordo es inagotable. El holandés lleva siempre un pañuelo rojo al cuello. Lo que más sorprende es que se ha hecho políglota. En Nápoles habló italiano, en el siglo XVII; en Lisboa portugués, seis días antes del terremoto, y en Marsella, con el fiel al Emperador, en francés. Es un tipo alto, flaco, con los ojos claros. Siempre tiene sed.

El holandés errante
Álvaro Cunqueiro