domingo, 1 de noviembre de 2009

Cervecería


Walter Benjamin. Fotografía de Gisèle Freund.
Los marineros bajan raramente a tierra; el servicio en alta mar es un servicio dominical comparado con el trabajo en los puertos, donde a menudo hay que cargar y descargar día y noche. Luego, cuando a un grupo le llega el permiso para desembarcar por unas horas, ya ha oscurecido. En el mejor de los casos, la catedral se yergue como una mole oscura camino de la taberna. La cervecería es la llave de cualquier ciudad; saber dónde se puede beber cerveza alemana es, como conocimiento de geografía y etnología, más que suficiente.

La ciudad no se visita, se compra. En la maleta del marinero cohabitan el cinturón de cuero de Hong Kong, la vista panorámica de Palermo y la foto de una chica de Stettin. Exactamente así es su verdadero hogar. Nada sabe de esa nebulosa lejanía que, para el burgués, encierra mundos desconocidos. Lo primero que se impone en cada ciudad es el servicio a bordo; luego vienen la cerveza alemana, el jabón de afeitar inglés y el tabaco holandés. Tienen presente hasta en la médula la norma internacional de la industria; no son víctimas de las palmeras ni de los icebergs.

Dirección única
Walter Benjamin

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