jueves, 24 de diciembre de 2009

El cesto de frutas


Johannes Wessmark. Emmy.
Pero ya no era así, y hacía tiempo que había empezado a darse cuenta de que ya no era el que se iba, que el paso de los años, el cansancio de tantos viajes, de tanta precipitación, le había ido transformando en uno más de los que paseaban melancólicamente por las estaciones inmóviles, de los que veían pasar los trenes veloces y no hacían nada, durante los breves instantes de sus paradas, para encontrar una plaza en alguno de sus vagones.

Y más que nunca todos esos trenes le parecieron llenos de muchachas. Muchachas hermosas, jovencísimas (eso era ser joven: ir montado en un tren), que partían en todas las direcciones hacia destinos múltiples, imprevisibles, en muchos casos feroces, sin conciencia alguna de peligro, como bandadas de pájaros.

Su vida era ese albergue pobrísimo, y él se conformaba con tenerlas allí durante ese tiempo siempre demasiado breve que media entre dos trenes. En poner a su alcance, durante esa espera, su propio corazón para que ellas tomaran distraídamente de él lo que quisieran, como harían con un cesto de frutas.

El amigo de las mujeres
Gustavo Martín Garzo