jueves, 31 de diciembre de 2009

Jack London

Jack London. Fotografía de Arnold Genthe.
El éxito universal de este famoso novelista norteamericano consiste en el impresionante realismo de su estilo. Sus relatos no son producto de la imaginación creadora, sino que Jack London los vivió en el curso de una juventud colmada de increíbles y exóticas aventuras.
Ocioso será recordar que la novela de aventuras es, muy singularmente, aquella en la que predomina el interés por la acción, la que refiere hazañas emocionantes y situaciones de peligro, además de situar esa acción en ambientes extraños alcanzados a través de azarosos viajes hacia tierras remotas.

Es un género novelesco en el que podrían establecerse dos grandes divisiones. En una de éstas inscribiríamos aquellos autores cuyas obras constituyen, en general, un producto exclusivo de la imaginación. El autor casi no ha viajado más que alrededor de su gabinete de trabajo. Sus impresiones exóticas proceden por lo común de lo que contaron otros viajeros o de sus informaciones geográficas. Sus aventuras personales no han rebasado las de cualquier ciudadano pacífico dentro de la monótona existencia cotidiana que lleva en su ciudad o en el lugarejo donde afinque.

Así, por ejemplo, el Amadís de Gaula, verdadero modelo en el género de las descomunales aventuras caballerescas, lo escribió, en medio de las monótonas llanuras castellanas de Medina del Campo, un pacífico funcionario de los reyes Católicos que no había conocido otros avatares que los de la caza de la perdiz.

Escritores de la potencia creadora -y verdaderamente genial- de un Julio Verne, también son típicos ejemplos de una obra imaginativa basada en datos científicos y geográficos que el autor podía proporcionarse, como base de sus fantasías, sin otros periplos viajeros ni otros riesgos emocionates que acercarse a una biblioteca o a un jardín botánico.

Su juventud fue, en efecto, de un dinamismo singular. Nacido en San Francisco de California en 1876, Jack London inició sus estudios en la Universidad de su ciudad natal, pero aún no tenía dieciséis años cuando, a impulsos de un temperamento audaz, inquieto y vehemente, se enroló como grumete en un velero que se dirigía al Japón, y luego fue cazador de focas en el mar de Bering, buscador de oro en Klondyke, marino mercante por todas las islas del Pacífico, pescador de perlas, espía en el Japón y en Siberia... Una existencia llena de emoción y colorido, de luchador, en constante peligro ante las fuerzas primitivas de la naturaleza. De ese caudal de emociones, intensamente vividas, salió luego su obra, potente, original, amena y en la que, por añadidura, su autor resplandece como uno de los maestros de la narración.

Jack London, el narrador que contó sus propias aventuras
Emilio Gascó Contell