jueves, 11 de febrero de 2010

«Soñé que te... ¿Direlo?»

 
William-Adolphe Bouguereau:Jeune fille se défendant contre Éros. Fuente: Wikipedia
«Soñé que te... ¿Direlo?»
¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte».
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
Sonetos
Francisco de Quevedo

4 comentarios:

ANTONIO MARTÍN ORTIZ dijo...

Amigo Ar Lor,

Magnífico este soneto de Quevedo que nos presentas, con la coexistencia de la vida y la muerte, del Amor y el Desamor. Y es que los contrarios siempre se juntan. Y, si no, ahí tenemos a Hegel, con sus Tesis, Antítesis y Síntesis. Y, lo mejor de todo, por lo menos para mí, el Credo de la Missa Sollemnis de Beethoven como música de fondo. ¿Sabes que Beethoven, que no sabía Latín, se hizo traducir al Alemán de forma literal todo el texto de la Missa, para que la música se adaptase perfectamente a las palabras. Si te fijas en el Crucifixus est…, cuando se escucha, parece que esté uno escuchando los martillazos de cuando lo clavaban en la cruz. Y otra cosa: se cuenta que Beethoven sudó sangre al componer esa Missa. Tan grande fue el esfuerzo y el interés que puso en su trabajo.

Te envío un cordial saludo,

Antonio

ANTONIO MARTÍN ORTIZ dijo...

Lapsus total mío:

Mientras redactaba mi comentario, estaba escuchando la música de mi blog y me creía que era del tuyo. Bueno, tampoco pasa nada. Siempre tiene mucho interés hablar de Beethoven.

Un abrazo,

Antonio

Ar Lor dijo...

Querido amigo Antonio:
Gracias por tu comentario y hablar de Beethoven contigo es un auténtico lujo. No soy ducho en música, pero recuerdo como una de las emociones más intensas, cuando de joven y con los auriculares puestos, oía la Pastoral y contemplaba las estrellas a través de la ventana. Imaginaba civilizaciones extrañas y claro, a esa edad, tumbas siderales. Un pedrusco, perdido en el espacio, dónde un astronauta, se arrodillaba sobre la tumba de su amada.
Y por cierto, a veces navego por otras páginas, con la música de tu blog, que es preciosa.
Un saludo, amigo Antonio.

elena clásica dijo...

Ay, las flechas cómo escuecen, y ahí se quedan, ¡ay...!
Las antítesis y las paradojas de Quevedo son tan maravillosas, quizás única manera de expresar lo inefable y lo que nos desborda.
Suscribo las palabras de mi querido Antonio, al fin y al cabo los extremos llegan a coincidir en algún punto de pasión.
Un sueño pleno del delirio amoroso.
Extraordinario autor.
Besazos.