domingo, 21 de marzo de 2010

El arte de viajar

Henry Winzenried. Pompeya.

El mundo del viajero es egocéntrico; antropomorfo: el sol sale y se pone para él, y para guiarle tiene misteriosamente a mano señales y portentos.

Al principio, el viaje despoja al viajero de la importancia que disfrutaba en su hogar, la sensación de ser apreciado y atendido, y de todos los falsos aditamentos y la inflación artificial de su personalidad, que debe ser reducida a su mínima expresión antes de que pueda desarrollarse de nuevo. Por primera vez en años está a solas consigo mismo y pronto se pregunta que tienen los dos en común. También a menudo puede que vuelva curado sólo para que su identidad, su laguna de Narciso, se malogre de nuevo. Hay que partir en un nuevo viaje, y pronto es un caso perdido, un voyageur traqué, un adicto al viaje.
Ningún lugar puede sostener la emoción que despierta el ir hasta él. La llegada es un anticlimax. El diluvio universal arrastró el jardín del Edén por el Éufrates y lo convirtió en una isla desierta "para demostrar -como explica Milton- que Dios no atribuye santidad a ningún lugar, sino a lo que allí lleven los hombres". El turismo está destruyendo el viaje, cubriendo de restricciones el placer del movimiento -"Tienes que ver esto; no me puedo creer que no visitarais aquello"-, una serie de obligaciones irrelevantes ha hecho despreciable un arte que permanecía inmaculado.

Obra selecta
Cyril Connolly