martes, 30 de marzo de 2010

Nada que temer

Imagen tal como aparece en bibliotecaronco.com

Y he aquí la apuesta que casi no lo parece: "¡Vamos, cree! No pierdes nada." Esta versión, parecida al té flojo, el cansino murmullo de un un hombre con un dolor de cabeza metafísico, proviene de los cuadernos de Wittgenstein. Si fueras la Deidad, quizá no te impresionase mucho un respaldo tan tibio. Pero algunas veces, probablemente, que "no pierdes nada" , aparte de que no es verdad, a algunos podría parecerles una pérdida irreductible, innegociable.
Sirva de ejemplo: unos veinte años antes de escribir esta nota, Wittgenstein trabajaba de profesor en varios pueblos remotos de la baja Austria. Los lugareños le consideraban austero y excéntrico, pero entregado a sus alumnos; además, a pesar de sus propias dudas religiosas, estaba dispuesto a empezar y acabar cada día lectivo con el padrenuestro. Cuando enseñaba en Trattenbach , llevó a sus alumnos a una excursión escolar a Viena. Como la estación más cercana se encontraba en Gloggnitz, a unos veinte kilómetros, la excursión comenzó con una caminata pedagógica a través del bosque que había entre las dos localidades, y pidió a los niños que identificaran las plantas y las piedras que habían estudiado en clase. En Viena pasaron dos días haciendo lo mismo con muestras de arquitectura y tecnología. Después tomaron el tren de regreso a Gloggnitz. Cuando llegaron anochecía. Emprendieron la caminata de veinte kilómetros. Wittgenstein, intuyendo que muchos de los alumnos estaban asustados, iba de uno a otro, diciendo en voz baja "¿Tienes miedo? Pues entonces sólo tienes que pensar en Dios." Estaban, literalmente en un bosque oscuro. ¡Vamos, cree! No pierdes nada. Y así era, en teoría. Un Dios inexistente te protegerá de los inexistentes elfos, duendecillos y demonios del bosque, aunque no de los lobos y osos (y leonas) existentes.
Un experto en Wittgenstein señala que aunque el filósofo no era "una persona religiosa" , había en él, "en cierto sentido, la posibilidad de religión"; pero su idea de ella era menos la creencia en un creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio. Pensaba que "la vida puede enseñarte a creer en Dios": es una de sus últimas notas. También se imaginaba respondiendo a la pregunta de si sobreviviría o no a la muerte, y contestaba que no podía decirlo: no por las razones que tú o yo podríamos aducir, sino porque "no tengo una idea clara de lo que estoy diciendo cuando digo no dejo de existir . No creo que muchos de nosotros lo sepamos, salvo los fundamentalistas y los que se inmolan esperando recompensas muy concretas. No obstante, seguramente está más a nuestro alcance entender lo que esto significa que lo que podría dar a entender.
Si me declaré ateo a los veinte y agnóstico a los cincuenta, no es porque entretanto haya adquirido más conocimiento: sólo una mayor conciencia de mi ignorancia. ¿Cómo podemos estar seguros de que conocemos lo suficiente para conocer? Al igual que los neodarwinianos del siglo XXI, convencidos de que el sentido y el mecanismo de la vida sólo han estado plenamente claros desde el año 1859, nos consideramos categóricamente más sabios que aquellos crédulos postrados de rodillas que, hace un soplo de tiempo, creían en un propósito divino, un mundo ordenado, la resurrección y un Juicio Final. Pero aunque estemos mejor informados no hemos evolucionado más ni somos ciertamente más inteligentes que ellos. ¿Qué nos asegura que nuestro conocimiento es definitivo?

"Nada que temer"
Julian Barnes

9 comentarios:

Gavilán dijo...

Hallándome en la feliz lectura de la autobiografía de J. Barnes, y presumiendo, Ar Lor, que el asunto es realmente caro a tu cacumen, inserto uno de sus párrafos, quedando a la espera de que la curiosidad por tal libro remueva tus entrañas metafísicas. Un abrazo.

Viviana Lupi dijo...

Hay algo de matemática en este texto, que noto en la mayoría de aquellos que, como Barnes, escriben con bella claridad. Me deja pensando.
Gracias por postearlo

Ar Lor dijo...

Gavilán, ¡qué bien me conoces! Como un torete, allá voy al trapo.
Creer o no creer, esa es la cuestión, esta famosa frase de Agnostikespeare, es
la que la mente humana se hace de vez en cuando, sobre todo, momentos antes de palmarla, cuando el ser humano, no es que se agarre a un clavo ardiendo, sino que si se lo pidieran, se lo
clavaría en el ojo, total, Arriba, te lo iban a recomponer.
¿Qué nos jugamos al decidir? ¡Nada! Entonces el asunto no merece la pena.
¿Nos jugamos La Felicidad? Entonces el asunto merece la pena.
Para no hacer trampas metodológicas, solo juzgaremos las creencias, tanto la del sí como la del no, sin entrar en el fondo del asunto, de si existe o no existe el Jefe o la Jefa Suprema. (Con las palabras, te voy dando pistas de por donde voy, ¿verdad?).
¿Cual es el argumento favorito de la creencia en el si? Se le conoce como el argumento PLDY,
y es indestructible, muy utilizado por su sencillez y sobre todo porque es clarividente para cualquier mente, especialmente, las de los niños, siempre reacios a creerse las cosas porque sí. Para que no lo busques en internet, te lo traduzco: Porque Lo Ddigo Yo.
Solipsisticamente hablando el argumento PLDY, equivale al argumento FE, en
general este argumento FE es considerado como de una escala superior al PLDY, y
su uso normalmente se restringe a las mentes ya formadas y adultas.
Hay algunos autores que no están de acuerdo, evidentemente, con estas consideraciones, pero en general se les refuta con el argumento, QLD.
A favor de la creencia en el no, el argumento más poderoso es el argumento DARWINSTEIN,
pero en general suena a tostón, fíjate cuantas letras tiene y hay que desarrollarlas todas, para
que el argumento se expanda con toda su fuerza, así que para mentes con prisa se suele
suministrar un argumento más corto, el FEDARWIN. Evidentemente esto tiene sus
inconvenientes, pues los apologetas de la creencia del sí, se limitan a comparar la sílaba FE,
con la suya propia, llegando a la conclusión de que es lo mismo.
Resumiendo (a mi favor), que el ser humano se encuentra en parecida situación a la del asno
de Buridán, en un lado tiene un monton de centeno y en el otro un cartel que pone :aquí hay mucha avena.
Espero que te haya servido de algo, Gavilán

Gavilán dijo...

¡Basta un poco de carnaza para que acudan los tiburones! Viviana, sí, debe de haber algo de matemática en todo esto (creo que Borges lo apuntó así mismo en algunos de sus relatos). Y en cuanto a ti, Ar Lor, te conozco, te conozco tan bien que sé cómo reaccionarías si se te apareciese Dios en tu estudio y te invitara a debatir sobre su propia existencia.

Ar Lor dijo...

Como diría Groucho Marx: ¡Vaya dilema! ¡A quién creer! A tus ojos o a lo que crees

Ulises dijo...

La fe del creyente es totalmente banal.
La fe,lo que se debe enterder por fe,es la de aquel que no creyendo en nada,sin embargo,cree,o lo que es lo mismo,cree en asuntos que son totalmente increibles,y lo sabe.
El creyente,en el fondo,no realiza ningún ejercicio teologico.Sigue el argumento de PLDY.

Ar Lor dijo...

Ulises, yo tengo FE, creo en asuntos que son totalmente increibles, no creyendo en nada, claro.

Gavilán dijo...

En realidad, la apuesta pascaliana, el "por si acaso" está en la base de la religión. ¿Acaso no es el temor el motor de la fe teológica? Recordad a Nietzsche. Querer creer es facil. Lo raro es creer sin pretenderlo.

Ar Lor dijo...

La Religión cumple una función social muy importante, pero en cuanto al individualismo religioso, que tratamos aquí, la creencia en una Justicia Divina, ha hecho que no se busque la justicia por la propia mano y sobre todo que en los casos de los seres más desfavorecidos, más injustamente tratados y más débiles, esa creencia, ese placebo justiciero, ha echo algo más llevaderas, las tropelías sufridas por los seres más indefensos.