sábado, 10 de abril de 2010

La mujer rota

Simone de Beauvoir, en el café Les Deux Magots, París. Foto de Eliot Erwitt.

Mi mirada se detenía sorprendida en los objetos que había traído de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos; mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta; ¿cuándo he visto por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.

La mujer rota
Simone de Beauvoir

2 comentarios:

carmensabes dijo...

Qué potente, todo está y ella no puede verificarlo...

Tremenda Simone de Beauvoir, nos rompe a todos, a mí.

Gracias Higinio.

Higinio dijo...

Las sensaciones de Simone de Beauvoir también son las nuestras.
Más de una vez en nuestra casa nos hemos dicho que ya es hora de volver a visitar la playa donde aprendimos a nadar, la isla a la que se llega cruzando un puente de piedra y los paisajes de la adolescencia. Hace un tiempo los recorrí, pero hoy ignoro si siguen ahí.
Simone de Beauvoir tiene razón, hay que verificar todos los días las cosas.

Un fuerte abrazo, Carmensabes.