jueves, 18 de noviembre de 2010

El retorno de los brujos

Cristina Vergano. Fatma, 2008.

Hasta los treinta y cuatro años , Charles Fort, hijo de unos tenderos de comestibles de Albany, había campado gracias a un mediocre talento de periodista y a una verdadera habilidad para disecar mariposas. Muertos sus padres y liquidada la tienda, disponía ahora de una renta minúscula que le permitía entregarse exclusivamente a su pasión: la acumulación de notas sobre acontecimientos inverosímiles y, sin embargo, comprobados.
Lluvia roja en Blankenbergue, el 2 de noviembre de 1819; lluvia de barro en Tasmania, el 14 de noviembre de 1902. Copos de nieve grandes como copos de café en Nashville, el 24 de enero de 1891. Lluvia de ranas en Birmingham, el 30 de junio de 1892. Aerolitos. Bolas de fuego. Huellas de un animal fabuloso en Devonshire. Platillos volantes. Huellas de ventosas en unos montes. Aparatos extraños en el cielo. Caprichos de cometas. Extrañas desapariciones. Cataclismos inexplicables. Inscripciones en meteoritos. Nieve negra. Lunas azules. Soles verdes. Chaparrones de sangre.
Así llegó a reunir veinticinco mil notas, archivadas en cajas de cartón. Hechos que, no bien mencionados, habían vuelto a caer en el foso de la indiferencia. Y, sin embargo, hechos. Llamaba a esto su "sanatorio de las coincidencias exageradas". Hechos de los que uno no se atrevía a hablar. El oía brotar de sus ficheros "un verdadero clamor de silencio". Les había tomado una especie de cariño a esas realidades incongruentes, arrojadas del campo del conocimiento y a las que acogía en su pobre despacho del Bronx, mimándolas mientras las ordenaba: "Putillas, arrapiezos, jorobados, bufones... y, sin embargo, su desfile por mi casa tendrá la impresionante solidez de las cosas que pasan, y pasan, y no cesan de pasar".

El retorno de los brujos
Louis Pauwels - Jacques Bergier