martes, 8 de marzo de 2011

Diario de lecturas

Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes. Ilustración de Scott McKowen.

En Mar del Plata, al sur de Buenos Aires, en una casa alquilada para el verano, leí por primera vez las historias de Sherlock Holmes; devoré un libro tras otro, incapaz de dejarlos. No estoy seguro de lo que me cautivó entonces: ni los argumentos -El Séptimo Círculo, la serie de novelas policiacas editadas por Borges y Bioy, ofrecía rompecabezas mucho más intrigantes y soluciones más originales-, ni tampoco las palabras, que me parecían menos mágicas que las de Stevenson o Kipling. Quizá fuera lo que Chesterton llama "el hilo de ironía que enlaza todas las solemnes imposibilidades de la narrativa" y que, según pensaba él, convertía las historias de Holmes en "una adición realmente brillante a la literatura del absurdo". Quizá fuera la presencia, fría pero tranquilizadora, de un lugar que sería escenario frecuente de mis ensoñaciones, el Londres de Holmes: las habitaciones de Baker Street, iluminadas con luz de gas, las siniestras callejuelas, las plazas señoriales cubiertas por la niebla. Años más tarde viajé a Londres convencido de que encontraría aquella geografía memorable. Mi primera habitación, con derecho a cocina y con una estufa de gas que se alimentaba de chelines, situada sobre un típico puesto de pescado y patatas fritas, bastó para desengañarme.

Diario de lecturas
Alberto Manguel