domingo, 27 de marzo de 2011

Diarios de las estrellas. Viajes

Stanislaw Lem, en su casa de Cracovia, Polonia, en 1975. Foto: REUTERS.

Todo empezó un día escaso después de mi vuelta de las Hyades, una constelación esférica, tan poblada de estrellas que las civilizaciones se aprietan en ella como sardinas en lata. No había aún abierto ni la mitad de mis maletas, repletas de ejemplares para mi colección, y ya se me caían los brazos. Primero pensé bajar todo el equipaje al sótano y ocuparme de él más tarde, en cuanto hubiera descansado un poco, ya que el camino de vuelta se me había hecho interminable, así que deseaba solamente sentarme en mi butaca labrada junto a la chimenea de la salita, estirar las piernas, hundir las manos en los bolsillos de mi viejo batín y decirme que, salvo tal vez la leche dejada en el fuego, que podía verterse, no me amenazaba ningún peligro. Verdaderamente, después de cuatro años de un viaje como el mío, se puede estar harto del Cosmos, al menos por un tiempo. Me acercaré, pensaba, a la ventana, y veré, no un abismo negro, ni protuberancias candentes, sino la calle, jardincitos, arbustos, un perrito que levanta la pata junto a un árbol con una indiferencia hacia los problemas de la Vía Láctea que da gusto.

Traducción de Jadwiga Maurizio

Diario de las estrellas. Viajes
Stanislaw Lem