domingo, 24 de abril de 2011

La Chanca, veinte años después

Juan Goytisolo, fotografiado por Bernardo Pérez.

Si cada hombre tiene un valor idéntico a otro, escribía un poeta a quien cito de memoria, cualquier rincón del mundo, incluso el más rudo y desamparado, merece el mismo interés y reconocimiento que ordinariamente concedemos al propio. La aserción, de ser cierta, excusaría mi desapego del país, de los países en los que, por una serie de azares históricos, ha transcurrido la mayor parte de mi vida y la emoción -sentimientos de inmediatez, familiaridad, simpatía- que a menudo me embarga, en cambio, ante pueblos y comarcas desheredados.
Mi visita a Almería en 1956 fue decisiva al respecto y hablar de su profunda influencia en mis futuras opciones personales estéticas y políticas no es incurrir en ninguna exageración: el atractivo que su paisaje y su gente han ejercido sobre mí me ha marcado para siempre; cuando, a causa de mi exilio, dejé de rastrear los campos de Níjar y el mundo cruel, pero fascinador de la Chanca, la relación establecida con ellos buscó su prolongación natural en pueblos y tierras norteafricanos. Pese a mis raíces vascas y mi nacimiento en Cataluña no me he identificado nunca con lo vasco ni lo catalán; no obstante mi larga residencia en Francia, tampoco he buscado la asimilación a lo francés.. Mis afinidades secretas las he descubierto siempre con hombres y regiones alejados de mí y aun extraños: una tentativa condenada al fracaso en razón del margen existente entre mis señas y el objeto inasible de mi identificación.

Contracorrientes
Juan Goytisolo