sábado, 25 de junio de 2011

Lo que debemos a Don Quijote

Gustavo Doré. Don Quijote y Sancho.

Este individuo dual, este Don Quijote y Sancho ya lanzados al mundo y a la vida, ¿cómo van a vivir? He aquí otra cosa que Cervantes nos trae en el Quijote; la franca y clara decisión de que el hombre debe vivir con normas, conforme a principios; que no puede rodar por el mundo a la deriva, al garete, caprichosa ni frívolamente; que debe ir movido por una serie de normas de conciencia que sean los motivos de todos sus pasos y de todas sus hazañas.
Dice Georg Simmel que el hombre contemporáneo casi siempre sustituye las finalidades por los objetivos; esto es, casi todo el mundo vive pensando en objetivos; estos objetivos son, por ejemplo, ir al teatro el sábado por la noche, terminar la carrera dentro de dos años, encontrar un empleo después, hacer un viaje. Todos objetivos localizados, todos ellos de radio corto. Y se va viviendo así, de objetivo en objetivo, como el saltamontes (el hombre moderno es muy parecido al saltamontes, a pesar de que vayamos por los aires en los aviones). Saltamontes de una semana a otra, de un mes a otro, de año en año, objetivos limitados y delimitados, interesados todos por referencia al bienestar del propio individuo. Pero, ¿y los fines? ¿Y las finalidades? La acción que no termina en la semana que viene ni en la otra, eso que llama Unamuno "ultratumberías", eso que se llama la acción por encima de nosotros, de nuestro expreso interés personal la acción desinteresada, ésa es la acción quijotesca. Porque la norma de vida de Don Quijote es el servicio de la bondad. Unamuno que ha dicho de Don Quijote acaso las mejores cosas que se han dicho, Unamuno le ha llamado el "Caballero de la Bondad". Esa es la virtud excelsa de Don Quijote, el ser bueno. Y no sólo el ser bueno, sino el tener la pretensión extraordinaria e insólita de que todos los hombres sean buenos como él.

Lo que debemos a Don Quijote (1947)
Pedro Salinas

4 comentarios:

Chimista dijo...

Agudas reflexiones de Salinas (y de Unamuno y de Simmel) las que compartes con nosotros. Salinas siempre fue un fino analista literario. Sus reflexiones sobre finalidades y objetivos me parecen aún actuales, aunque la comparación del hombre moderno con un saltamontes no sé si hoy día se sostiene. Don Quijote buscó un mundo perfecto que no existía. Le pidió demasiado a la vida. Saludos, Higinio.

Lorena Rodríguez dijo...

Llama poderosamente la atención la fecha de la reflexión. Si me la hubiesen escrito "2011", la hubiera creído. Contrario a lo que piensa Higinio, el hombre moderno, ese, el que nació en los ochenta y tantos, vive así: saltando de semana en semana, a lo más, un par de años; porque lo que son diez, pues suena a eternidad. Es un problema terriblemente existencial en el marco de la contaminación, el fin del petróleo, la escasez de agua, el cambio climático, los megahuracanes, las hambrunas, etc. Sin embargo, el ideal quijotesco debe prevalecer, ese, el dirigido a finalidades que nos sobrepasan, no que se encongen a la altura del individuo.

Higinio dijo...

Certeras palabras las de Salinas. Objetivo y finalidad eran una misma cosa para El Caballero de la Triste Figura. Su único afán era hacer el bien.
En cuanto a lo del saltamontes, tienes razón, "no se sostiene". Todo hombre tiene una finalidad en la vida, aunque, en ocasiones,los arduos objetivos de cada día hagan que se nos olvide.

Un fuerte abrazo, amigo Chimista

Higinio dijo...

Si antes una noticia tardaba días, meses o años en llegar a su destino, hoy en día, esa misma noticia (un incendio, una guerra, un asesinato), es instantánea.
Hemos pasado de ignorarlo todo a saberlo todo.
De la misma manera objetivo y finalidad bailan en nuestra cabeza casi abrazados.
Pero, mientras no confundamos objetivo (construir una escuela), con finalidad (enseñar), iremos bien.
Y por supuesto "el ideal quijotesco debe prevalecer".

Un fuerte abrazo, amiga Lorena Rodriguez