lunes, 17 de octubre de 2011

Breve semblanza de A. A. Darmolatov

Danilo Kis. Una tumba para Boris Davidovich.

Su poesía, sea cual sea la opinión de los críticos, ofrece en abundancia hechos empíricos (poéticos) que, como viejas tarjetas postales o fotografías de un álbum ajado, atestiguan tanto viajes, deseos o pasiones, como toda una moda literaria: el saludable efecto del viento en las arrugas marmóreas de las cariátides; el Tiergarten y su avenida de tilos amarillentos; los faroles de la puerta de Brandenburgo; las extrañas siluetas de los cisnes negros; el reflejo púrpura del sol en las turbias aguas del Dnieper; la magia de las noches blancas; los hechiceros ojos de las kirguises; un puñal clavado hasta la empuñadura en el costado de un lobo estepario; el vertiginoso torbellino de las hélices de un avión; el grito crepuscular de los cuervos; la sobrecogedora visión (a vista de pájaro) de las riberas devastadas del Volga; el hormigueo de los tractores y locomotoras en los dorados campos de trigo; los pozos negros de las hullerías de Kursk; las torres del Kremlin en el océano etéreo; los palcos de terciopelo rojo del teatro; los perfiles fantasmagóricos de las estatuas de bronce a la lumbre de un fuego de artificio; el vuelo de una bailarina envuelta en tul; la enormidad de un incendio en los depósitos de petróleo del puerto; la fatalidad narcotizante de las rimas; una naturaleza muerta con taza de té, cucharilla de plata y avispa ahogada; los ojos violeta de los caballos de tiro; el remolino optimista de las turbinas; la cabeza del comandante Frounzé sobre la mesa de operaciones, el embriagante olor del cloroformo; los desnudos árboles del patio de la Liublianka; los roncos ladridos de los perros en la campaña; el fascinante equilibrio de los bloques de hormigón; el sigiloso paso de un gato tras las huellas de un pardillo en la nieve; los maizales bajo el fuego escalonado de la artillería; las despedidas de amor en el valle del Kama; un cementerio militar cerca de Sebastopol...

Traducción del serbocroata por Pilar Gil Cánovas

Una tumba para Boris Davidovich
Danilo Kis