miércoles, 26 de octubre de 2011

El corazón de las cosas

Fotografía de Alexander Korshunov.

He conocido lugares de gran belleza:
el arco iris de la tundra, las naves
de hielo surcando el mar azul,
las ciudades que los nabateos
tallaron en la roca, los tejados grises
de París y la niebla de los lagos.
He conocido África y Asia
y también las acequias de los huertos
y el perfume de los naranjos
como estrellas blancas en el estanque verde.
He viajado en piragua por el Amazonas
y he visto bandadas de pájaros
que eran los mosaicos del paraíso,
y bosques y montañas que eran palacios
y catedrales, y en ellos habitaba Dios.
He conocido lugares de gran belleza
pero ninguno de ellos pudo superar
la magia de su nombre: Djibouti, Gran Sur,
Trieste, mar Báltico, El Cairo o Port-Sudán.
Podría nombrar muchos más
-el mar del Bósforo o el golfo de Adén-,
pues aunque sepa que la belleza no se nombra
sino que es, también sé que cuando ocurre,
queremos retenerla como si no fuera,
o como si no pudiera volver a suceder.
Y la belleza lo es cuando la vida
que lleva dentro, nos habla de las tres cosas
-el amor, la muerte y el tiempo- que se encierran
en los nombres de los mapas y en las ciudades.
Como el silencio, las palabras o un cuerpo de mujer.

El corazón de las cosas
José Carlos Llop