domingo, 18 de diciembre de 2011

Biblioteca

Carl Spitzweg. El ratón de biblioteca.

La definen los escritores domesticados como lugar fabuloso o templo del saber, y los libreros, indignados, como pasto de eruditos y de lectores más o menos voraces. Pero una biblioteca, para el que la frecuenta, es un lugar amado y temible, allí donde nos sirven la dosis diaria de prodigio y de horror. Una biblioteca puede convertirse en el peor de los lugares, allí donde almacenamos una memoria que nos enorgullece, pero que también nos averguenza. Allí está petrificada la sangre de las víctimas y los puñales de los asesinos, allí las barbacanas que tiemblan en el asedio, la conspiración y la injusticia, las traiciones que derrocaron imperios, las últimas leyes del dictador antes de caer, y las habitaciones oscuras de nuestras pesadillas. Allí la miseria de muchos, los milenios de esclavitud, las razas oprimidas, las décadas del odio, los hombres que durante siglos no tuvieron alma. Allí la fatiga del trabajo y los interminables errores de la ciencia; allí la pedantería y la estupidez, las más complicadas liturgias y las más refinadas torturas. Allí los inolvidables versos de fray Luis de León, pero también los climatéricos de Villaespesa y los estrambóticos de Pedro Luis de Gálvez. Allí las campanas que resuenan en una remota villa de La Mancha y allí el áspero silencio de un pueblo perdido en los mapas de Alsacia...

La biblioteca enseña que todo libro fue escrito para ti si tienes el valor de leerlo, que no existe horror en el mundo del que no seamos herederos y no hay sangre derramada que no sea nuestra sangre. La prodigiosa, atroz biblioteca nos lo recuerda cada día.

Biblioteca
Bruno Mesa