jueves, 23 de febrero de 2012

En mi biblioteca

E. M. Forster en el King's College, Cambridge, 1968. Foto: Edward Leigh.

En mi biblioteca se entra y se sale en un instante, pues la mayoría de los libros se encuentran en una misma habitación. Tengo algunos más en una alcoba, una salita de estar y un armarito del cuarto de baño, pero la mayoría está en lo que por cortesía llamaremos biblioteca.

En medio de la habitación se levanta un curioso objeto: una librería que antaño perteneció a mi abuelo. Por delante tiene un pequeño anaquel que, sustentado en dos columnillas torneadas de madera, sobresale del resto del mueble, y la parte posterior tiene un lustre reciente. Hay quien dice que en otro tiempo fue un mueble-cama. Ha permanecido en semejante posición en medio del estudio por espacio de más de un siglo (hay que decir, a todo esto, que mi abuelo fue clérigo rural) ; pero sea o no un mueble-cama, es original y tiene un cierto encanto; por mi parte, he tratado de llenarlo con libros que den una impresión de seriedad acorde con su pasado. Están, entre otras, las obras teológicas de Isaac Barrow, trece volúmenes en piel de becerro, estampados con escudos de los colegios universitarios; las obras de John Milton, en cinco volúmenes y con una encuadernación semejante; el Diario de Evelyn, en piel de ternera, el Tucídides de Arnold, Tácito, Homero... También pueden verse entre los anaqueles las obras de mi abuelo, títulos como Un lenguaje primitivo, El Apocalipsis como clave de sí mismo y El mahometismo desvelado. ¿Ha leído el lector las obras de mi abuelo? ¿No? Pues yo tampoco.

No tengo ex libris propio (¿demasiado modesto?, ¿o demasiada molestia?) , y ni siquiera soy capaz de colocar bien los libros (¿es mejor por temas?, ¿por tamaños?) . Un viejo Froissart de gran tamaño ¿debe estar junto al Atlas del Time o al lado de un pequeño Phillipe de Comines? No los sacudo y limpio el polvo tanto como debiera, ni paso una capa de aceite a los lomos de piel ni los tengo bien alineados: no están sometidos a una disciplina. Sólo por la noche, apagadas las luces, cuando las cortinas están echadas y el fuego chisporrotea en el hogar, vuelven en sí, alcanzando una dignidad colectiva. Resulta particularmente agradable sentarse con ellos un par de minutos a la luz del fuego del hogar, sin leer, ni siquiera pensar, pero a sabiendas de que ellos, con la sabiduría acumulada y el deleite que contienen, aguardan el momento de ser utilizados, y que mi biblioteca, en su imperfección, es sucesora de las grandes bibliotecas particulares del pasado.

Traducción de Manuel García Viso y Aurelio Martínez Benito

Ensayos críticos
Edward M. Forster