sábado, 10 de marzo de 2012

Viajes transatlánticos

Cartel de chapa del Titanic. White Star Line

En los periódicos de 1931 se anunciaban, mediante pequeñas viñetas, "Viajes rápidos al Uruguay y Argentina" en magníficos transatlánticos o vapores correos de gran lujo que salían de Barcelona y de Burdeos.
Las compañías, o sus agentes en las pequeñas ciudades del interior, aseguraban amplios camarotes en todas las clases. Cincuenta años antes los cartelones de estas compañías especializadas en viajes para gentes que querían mejorar de fortuna, aseguraban que los pasajeros de tercera clase tendrían derecho a una ración diaria de pan, carne fresca y vino. Recuerdo haber leído alguna carta, bien amarga por cierto y llena de desilusión, con noticias precisas sobre cómo se desarrollaban estas travesías, cómo era la ración de comida fresca y la amplitud de los camarotes. Es la otra poesía de los paquebotes y de los viajes transatlánticos.

Se me figura que es, como digo, otra vuelta de tuerca en esa oculta y nada amable poesía de los viajes transatlánticos, de los trenes de largas distancias, de ciudades como Praga, Budapest, Berlín, de los viajes que se hacen no por cambiar de paisaje, de escenario o de ideas, sino por mero instinto de fuga, por escapar de la muerte, de la miseria, de la humillación. Sería esta la otra historia de los viajes. Y los anuncios de esos viajes nada tendrían que ver con los brillantes colores del Orient-Express o de las Mensajerías Marítimas. Tendrían el blanco y negro de las sentencias.

La puerta falsa (1991)
Miguel Sánchez-Ostiz