lunes, 30 de abril de 2012

El Qued, 20 de febrero de 1901, 7 de la mañana

Isabelle Eberhardt. Foto: Rue des Archives.

Experimenté, durante aquel rápido paseo, una de las más amargas tristezas de mi vida.
Las dunas siempre están ahí, y la ciudad grisácea, y los jardines oscuros...
Pero el gran encanto de este país, esa magia de los horizontes y de la luz, ha desaparecido... y el Souf para mí ahora está vacío, vacío sin remedio.
Las dunas se hacen a mis ojos más desoladas, no ya con aquella desolación que las aureolaba de misterio y que antes me era fácil reconocer... No, ahora están muertas... Los jardines, escuálidos y vulgares... El horizonte y la luz, tenues.
Y yo me siento aquí más extranjera que en ninguna otra parte, más solitaria, y sólo quiero irme, huir de este país que para mí ya no es más que el fantasma de lo que tanto amé.
Ahora me doy cuenta, para no equivocarme nunca más, que todo ese encanto que atribuimos a determinadas regiones de la tierra sólo es una añagaza y una ilusión; mientras que la naturaleza que nos rodea responda a nuestro estado anímico, creemos descubrir un esplendor, una belleza especiales... Pero cuando nuestra alma efímera cambia, toda esa naturaleza se viene abajo y se desvanece.

Traducción de Adolfo García Ortega

Los diarios de una nómada apasionada
Isabelle Eberhardt