sábado, 7 de abril de 2012

Los dos poemas

Arthur Braginki. Consuelo.

Hace muchos siglos, en un camino hacia Atenas, dos poetas se encontraron y se alegraron de verse, el uno al otro.
Uno de ellos preguntó: ¿Qué has compuesto últimamente? ¿Cómo anda tu lira?
Y el otro poeta respondió con orgullo: "Acabo de terminar el mayor de mis poemas, tal vez, el mayor poema jamás escrito en griego. Es una invocación a Zeus el Supremo".
Y sacó, de su manto, un pergamino, diciendo: "Helo aquí, lo llevo conmigo y me gustaría leerlo para ti. Ven sentémonos a la sombra de aquel ciprés".
Y el poeta leyó su poema. Y era un largo poema.
Y, el otro poeta dijo, gentilmente: "Es un gran poema. Vivirás a través de las edades y, por él, serás glorificado".
El poeta que había estado leyendo sus versos, preguntó entonces: "¿Y tú, qué has compuesto estos días?"
Y respondió el otro: "He escrito muy poco. Solamente ocho versos, en memoria de una niña jugando en un jardín".
Y recitó los versos.
Y el otro poeta, dijo: "No está mal. No está mal".
Y se separaron.
Y hoy, después de dos mil años, los ocho versos del poeta son leídos en todas las lenguas. Y son amados y alabados.
Y, aunque el otro poema haya llegado, a través de las edades, a bibliotecas y celdas de eruditos y, aunque también sea recordado, no es amado ni leído.

Traducción de L. Bassi.

El errante
Kahlil Gibran