jueves, 12 de abril de 2012

Nuevas anotaciones

El Titanic atracado en Southampton, Inglaterra. Imagen de Wikipedia.

El naturalista leyó hasta el agotamiento todas esas noticias, pues siempre había tenido ese hecho -el del hundimiento del Titanic- como uno de los más desoladores de la historia reciente del hombre. Uno de esos testimonios le conmovió hasta casi hacerle llorar. Se trataba de una carta que un muchacho yugoslavo había escrito a su madre días antes de la desgracia, y en que le hablaba de su vida en el lujoso trasatlántico. Era muy joven, y viajaba en tercera clase. Desde la cubierta veía los pisos altos, destinados a los viajeros de lujo. Los salones encendidos, el leve discurrir de las mujeres, sus vestidos que desprendían luz, y el juego loco de sus acompañantes, que merodeaban a su alrededor oscuros y joviales con sus trajes de etiqueta, como murciélagos empapados de aceite. Sólo tenía palabras de admiración para ese mundo de incontenible esplendor, de renovadas promesas, y le contaba a su madre que algún día ganaría suficiente dinero para poder llevarla en uno de aquellos viajes, junto a aquellos seres ociosos que se desplazaban por las lujosas cubiertas, en medio de la inmensidad de la noche, de la presencia ominosa del mar, sin sentimiento alguno de peligro, con la familiaridad con que podrían haberlo hecho por los corredores de su club. También le hablaba de su vida en el nivel inferior. El bullicio de los que eran como él, emigrantes, gente humilde, provinientes de todos los rincones del mundo, con los que a pesar de las diferencias idiomáticas llegaba a comunicarse sin mayores problemas. "Nos basta con mirarnos a los ojos" -le decía- , "que es el lenguaje de los pobres".

Los cuadernos del naturalista (1997)
Gustavo Martín Garzo