miércoles, 30 de mayo de 2012

Moby Dick

Rockwell Kent. El capitán Ahab.

Cuando al fin llegamos al gran Mar del Sur, después de deslizarnos ante las islas Bashi, habría podido saludar con infinito agradecimiento a mi querido Pacífico porque ya estaba colmada la larga aspiración de mi juventud: ese océano apacible se extendía hacia el oriente durante millares de leguas de azul. Hay en este mar no sé qué dulce misterio: su oleaje suave, pero terrible, parece hablar de un espíritu oculto, como las fabulosas ondulaciones de la tierra de Éfeso donde está sepultado el evangelista San Juan. Y es justo que en estas campiñas marineras, en estas vastas praderas de agua, en estos cementerios de los cuatro continentes las olas surjan y mueran, fluyan y refluyan sin pausa: porque aquí yacen y sueñan millones de espíritus y sombras confundidos, millones de sueños ahogados, de sonambulismos, de ensoñaciones. Todo lo que llamamos almas y vidas yace allí soñando, soñando siempre, agitándose como los que no pueden dormir en su lecho y provocan, en su inquietud, un incesante oleaje.
 
Traducción de Enrique Pezzoni

Moby Dick
Herman Melville