domingo, 27 de mayo de 2012

Montaigne

Julio Cobo. Libros con paño.

Cuando Michel de Montaigne hereda la casa, encuentra una torre redonda, alta y sólida, que su padre había dispuesto, según parece, con fines defensivos. En la oscuridad de la planta baja había una pequeña capilla, en la cual un fresco medio borrado representaba a San Miguel abatiendo al dragón. Una angosta escalera de caracol conducía a una habitación redonda del primer piso, que, por su aislamiento, escogió Montaigne para su alcoba. Sin embargo, para él el lugar más importante de la casa estará en el piso de encima, una especie de cuarto trastero, hasta entonces "el espacio más inútil de todo el edificio". Decidió convertirlo en un lugar de meditación. Desde aquella habitación tenía vistas a su casa y a sus campos. Cuando la curiosidad le incitaba, podía ver lo que ocurría y vigilarlo todo. Pero nadie podía vigilarle a él y nadie le podía molestar en aquél su retiro. El espacio era lo bastante amplio como para poder pasear por él, ya que Montaigne confiesa que sólo podía pensar a gusto estando en movimiento. Allí hizo instalar la biblioteca que había heredado de La Boétie, y la suya propia. Las vigas del techo las decoró con cincuenta y cuatro máximas latinas, de modo que cuando descansaba o levantaba la vista siempre se tropezaba con alguna palabra sabia o inquietante. Sólo la última, la 54, estaba en francés y decía: Que sais- je? "¿Qué sé yo?".

"Saber que puedo alegrarme con ellos cuando me plazca hace que me sienta satisfecho con su posesión. Nunca voy de viaje sin libros, ni en tiempos de guerra ni en tiempos de paz. Pero a menudo pasan días, y aun meses, sin echarles un vistazo. Con el tiempo ya lo leeré, me digo a mí mismo, o mañana, o cuando me venga bien... ".

Traducción de Claudio Gancho.

El legado de Europa
Stefan Zweig