viernes, 10 de agosto de 2012

Beber

Sherwood Anderson, fotografiado por Carl van Wechten en 1933.

Tom Foster llegó a Winesburg procedente de Cincinnati cuando, todavía joven, estaba en condiciones de aprender muchas cosas nuevas. Su abuela se había criado en una granja próxima al pueblo y había ido de joven a su escuela, cuando Winesburg era tan sólo un grupo de doce o quince casas, apelotonadas alrededor de un almacén que vendía toda clase de artículos, en la carretera de Trunion.

Tom Foster gozaba en Winesburg de la vida. Trabajaba en lo que le salía: unas veces cortaba madera para las cocinas, otras segaba la hierba de la parte delantera de las casas. En los últimos días de mayo y en los primeros días de junio recogía fresas de los campos. Tenía tiempo para vagabundear, y lo aprovechaba bien. El banquero White le había regalado una americana usada, que le venía demasiado holgada; pero su abuela la había estrechado; tenía también un abrigo, de idéntica procedencia, con forro de pieles. La piel estaba pelada en algunos sitios pero la prenda abrigaba mucho. Tom dormía en invierno con el abrigo puesto. No le disgustaba aquella manera de ir tirando, y vivía feliz y contento de la suerte que había tenido en Winesburg.
Las cosas más pequeñas y absurdas bastaban para hacer feliz a Tom Foster. Creo que la gente le tenía tanta simpatía por esta manera de ser. Los viernes tostaban café en la tienda de ultramarinos de Hern, preparándose para la gran venta de los sábados por la tarde; toda la calle Mayor se llenaba del rico aroma. LLegaba Tom Foster y se sentaba en un cajón, en la parte posterior de la tienda. Permanecía allí una hora, quieto e inmóvil, empapando todo su ser en aquel olor aromático, que casi le embriagaba de felicidad. "Me gusta -decía despacio-. Me hace pensar en cosas muy lejanas, en países y gentes desconocidos".

Traducción de A. Ros. Revisión de la traducción de Eduardo Rodríguez.

Winesburg, Ohio
Sherwood Anderson