viernes, 5 de octubre de 2012

De la inspiración

Arthur Braginsky. Reina de la noche.

Bueno, puede ser cualquier cosa. Puede ser una voz, una imagen, puede que sea un momento de profunda desesperación personal. Por ejemplo, con "Ragtime" estaba tan desesperado por escribir algo, que estaba frente a la pared de mi estudio en mi casa, en New Rochelle, y empecé a escribir sobre la pared. Los escritores a veces tenemos días así. Después escribí sobre la casa que iba junto con la pared. Se construyó en 1906, ¡sabe?, de modo que me puse a pensar en esa época, y sobre qué aspecto tendría entonces Broadview Avenue: tranvías que iban de un extremo de la avenida a los pies de la colina; la gente vestía de blanco en verano para ir más fresca. Teddy Roosevel era presidente. Una cosa llevaba a la otra y así es cómo empezó el libro, de la desesperación a esas pocas imágenes. Con Loon Lake, sin embargo, fue tan sólo un fuerte sentido del lugar, una emoción intensa cuando me encontré en las Adirondacks después de haber pasado muchos años lejos de allí... y todo esto llegó en un punto en que vi una señal, una señal de tráfico: Loon Lake. Así que puede ser cualquier cosa... me gustó el sonido de las dos palabras juntas -Loon Lake- . Surgieron esas imágenes con las que empezar: un tren privado circulando de noche por una vía de un solo sentido a través de las Adirondacks y con un montón de gángsters dentro, y una hermosa muchacha, desnuda, sujetando un vestido blanco frente al espejo decidiendo si debía ponérselo. No sabía de dónde venían estos gángsters. Sí sabía dónde iban: al campamento de un ricachón de ésos. Hace muchos años, los ricos de verdad descubrieron la naturaleza en las montañas al este de los Estados Unidos. Y construyeron esos campamentos extraordinarios (C. W. Post, Harriman, Morgan), y convirtieron la naturaleza en un lujo personal. De modo que me imaginé uno de estos campamentos, con estos gángsters, esa gente de los bajos fondos metida en un tren que va por una vía privada. Eso fue lo que me hizo empezar. Seguí pensando en esas imágenes y de dónde habían venido. Eran los años treinta, realmente el peor momento para que nadie tuviera un tren privado, como tiene hoy alguna gente sus aviones a reacción privados. Era la época de la depresión, de forma que el que viera ese tren tenía obviamente que ser un trotamundos, un vagabundo. Ahí estaba mi personaje, Joe, en el frío, en la oscuridad de la noche, viendo cómo se acercaba, cegándole, la luz del faro de la máquina del tren según doblaba una curva, y viendo luego al pasar el tren, cómo le servían bebidas a esta gente en mesas de tapete verde, y a la chica de pie en su compartimento sujetando el vestido. Al alba se pone en camino, siguiendo las vías en la dirección en la que desapareció el tren. Y ya estaba listo para empezar una aventura, como yo.

Traducción: Revista Quimera (Número 88)

De la inspiración
E. L. Doctorow