lunes, 1 de octubre de 2012

Milán, 28 de diciembre de 1937

Miguel Torga, retratado por Bottelho.

Una de las perspectivas más reducidas que puede adoptar el que pasa por una ciudad como ésta, es seguir como un perro las huellas de los grandes hombres.
Por aquí pasó Julio César... Por aquí pasó Napoleón...
Terminan siendo ellos los caminos, los puentes, las casas y el paisaje.
No es que el culto a los grandes hombres sea un mal. No lo es. Pero me parece una exageración sacarlos de su papel de estrellas en una noche de hielo, y hacer de ellos sombras de un cálido día de sol.
Pero muy pocos consiguen resistirse a esta tentación. Yo mismo, y hoy, en la Biblioteca Ambrosiana, no he podido evitar este estremecimiento imbécil: en este mismo lugar estuvo Sthendal, estuvo Byron...
Y esto me produjo la sensación de que se había enturbiado el agua pura que estaba bebiendo. Ya no era como en mi región de Trás-os-Montes, esa alegría virgen de estar yo solo y sentirme puro ante una hiniesta en flor.

Traducción de Eloísa Álvarez

Diario (1932-1987)
Miguel Torga