lunes, 10 de junio de 2013

Cada uno con su Quimera

Charles Baudelaire, retratado por Gustave Courbet.

Bajo un amplio cielo gris; por una ancha y polvorienta llanura, sin senderos, sin verdores, sin ortigas ni cardos siquiera, tropecéme con una caravana de hombres que discurrían encorvados.
Cada uno de ellos llevaba a cuestas una Quimera enorme y tan agobiadora como un saco de harina o de carbón o el equipo de un soldado romano.
Pero la monstruosa bestia no era un peso inerte; con sus elásticos y poderosos músculos, por contra, envolvía y oprimía al hombre; con sus enormes garras afianzábase al pecho de su cabalgadura, y su fabulosa cabeza señoreaba la del hombre como uno de aquellos cascos que, para infundir pavor al enemigo, usaban los antiguos guerreros.
Dirigiéndome a uno de los tales hombres, le pregunté adónde iba de aquel modo y me repuso que, tanto él como los otros, no sabían nada; pero que evidentemente iban a alguna parte, siendo así que un invencible deseo de caminar les empujaba.
Y, cosa curiosa de ver, ninguno de aquellos viajeros parecía irritado conta la bestia feroz que al cuello se les ceñía y oprimía antes las espaldas; la consideraban -tal se dijera- como parte de ellos mismos.
Todos aquellos graves y fatigados rostros no descubrían desesperación alguna; bajo la cansinante cúpula celeste, los pies hundidos en la polvorienta senda, tan desolada como el cielo, discurrían con el resignado talante de los condenados a una eterna espera.
Pasó el cortejo junto a mí y hundióse en los confines del horizonte, allá por donde la redonda superficie del planeta se oculta a la curiosa mirada del ojo humano.
Me obstiné, por unos instantes, en querer comprender un tal misterio; pero no tardó en apoderarse de mí una irresistible indiferencia, y experimenté un agobio mayor que el de ellos mismos bajo el aplastante peso de sus Quimeras.

Traducción: Bibliotecas Populares Cervantes.

Pequeños poemas en prosa
Charles Baudelaire