sábado, 10 de agosto de 2013

Desde el Monte Santo

William Dalrymple. Desde el Monte Santo.

Sobre el escritorio está abierta mi edición de bolsillo de El prado espiritual de Juan Mosco, el insólito librito que me ha traído a este monasterio y cuyo manuscrito original he visto hace menos de una hora. Juan Mosco me guiará, Dios mediante, primero hacia Oriente hasta Constantinopla y Anatolia; luego hacia el sur hasta el Nilo; y desde allí, si aún es posible, hasta el gran oasís de Kharga, que fuera en tiempos la frontera meridional de Bizancio.
El prado espiritual es una colección de los dichos, anécdotas e historias sagradas más memorables que Mosco recogió en sus viajes, y su escritura corresponde a una larga tradición de reunir apotegmas o máximas de los Padres.
Cuando el mundo material entró en decadencia, miles de personas dejaron a sus familias y decidieron hacerse monjes y ermitaños del desierto como Mosco y Sofronio.
Una historia gira en torno a una versión bizantina del padre Cristóforo, un monje de un monasterio de los arrabales de Alejandría, amante de los animales, que no sólo alimenta a los perros del monasterio, sino que da harina a las hormigas y pone bollos remojados en el tejado para los pájaros.Otro personaje es el monje Adolas, que "se recluyó en el tronco hueco de un plátano" en Tesalónica, y que abrió "en la corteza un ventanuco por el que conversaba con la gente que acudía a verlo".

Claro que, desde el punto de vista moderno, buena parte del mundo descrita en El prado espiritual no es únicamente curioso: sus creencias y valores son tan extraños que resultan casi inverosímiles. Era un mundo en que los eunucos guiaban a los ejércitos imperiales a la batalla; en que se sabía que grupos de monjes linchaban y asesinaban a las damas paganas cuando pasaban en sus literas por los bazares elegantes de Alejandría; en que los estilitas harapientos y medio desnudos peroraban en lo alto de sus columnas; y en que los dendritas tomaron al pie de la letra las enseñanzas de Cristo de imitar a las aves del cielo y vivían en pequeños nidos que se construían en las ramas más altas de los árboles.

Cuando regresaba de mi visita a Runciman comprendí lo que tenía que hacer: pasaría seis meses rodeando el Levante, siguiendo más o menos los pasos de Juan Mosco. Empezaría en Athos y me abriría paso hasta los monasterios coptos del Alto Egipto, para hacer lo que ninguna generación de viajeros podría hacer: ver donde aún fuera posible lo que habían visto Mosco y Sofronio, dormir en los mismos monasterios en que habían dormido ellos, rezar bajo los mismos frescos y mosaicos, contemplar lo que quedaba y presenciar lo que era realmente el último ocaso de Bizancio.
Traducción de Ángela Pérez
Desde el Monte Santo
William Dalrymple