miércoles, 14 de agosto de 2013

Viajes con Heródoto

Jean Guillaume Moitte. Relieve de Heródoto, Palacio del Louvre, París.

El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo le exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír. De ahí que la aparición de un personaje como Heródoto -un hombre poseído por la pasión, la manía y el ansia de conocer, dotado además de inteligencia y de talento para escribir- entre enseguida en los anales de la historia universal.
Sin duda hay una característica que comparten los individuos de esta índole: su parecido a los insaciables cnidarios, su estructura de esponja que lo absorbe todo con suma facilidad y con la misma facilidad lo expulsa. Nada conservan en su interior durante mucho tiempo, y como la naturaleza no soporta el vacío, siempre necesitan nuevo alimento, no pueden vivir sin absorber, reponer, multiplicar, aumentar... La mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana habrá dejado de fascinarlo. Tiene que partir (a pie, a lomos de un animal o a bordo de una nave) hacia nuevos lugares y nuevos hechos.

Traducción del polaco de Agata Orzeszek

Viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski