jueves, 3 de octubre de 2013

El libro

Robert Thom. Johannes Gutenberg en su imprenta de tipos móviles.

La época oscura en la historia de los libros comienza con el invento de ese monstruo de Maguncia, cuyo nombre ningún libro pronunciará aunque le vaya la vida en ello. El hombre no ha encontrado nada más inteligente que inventar la forma de facilitar y acelerar la multiplicación de los libros. Como si alguien se hubiera quejado de que eso era un trabajo difícil y lento. Hace miles de años los libros venían al mundo de manera probada y ensayada y a nadie le parecía mal, todos estaban contentos y satisfechos, incluso nosotros mismos. Y entonces, al señor se le ocurre que no está bien, y que él nos va a demostrar que puede hacerlo mejor y más beneficioso. Y en efecto, nos lo ha demostrado todo. Hace ya más de medio milenio que sufrimos en nuestras propias carnes las consecuencias de su ingenioso invento.
Los libros se multiplicaban antes, claro, pero eso no era clonación. Los ejemplares eran parecidos, mas no idénticos. Como gemelos dicigóticos. El mismo padre, la misma madre, el mismo día de nacimiento, pero los niños, no obstante, se diferencian por algo. La mano humana que copia no puede ser tan fiel como la máquina que imprime, por eso cada ejemplar era único e irrepetible, sin parecerse al resto como un huevo a otro.
Y cuando algo es único e irrepetible, el precio es más alto, ya se sabe. ¡Cómo nos estimaban y respetaban los seres humano antes de que empezaran a imprimirnos! ¡Esos sí que eran buenos tiempos! Nada de lo que en épocas posteriores nos ha tocado sufrir podía imaginarse en los días anteriores al malhechor de Maguncia.
Ante todo, no había populismo alguno. Ni por azar. La peste de la alfabetización general aún no se había propagado. Solo contactábamos con una élite social ilustrada. Los únicos que nos tomaban en sus manos eran los gobernantes, la nobleza y el clero ilustre, nadie por debajo de ellos contaba, de modo que nosotros nos sentíamos en todos los sentidos una clase privilegiada: aristocracia pura.
Como solía suceder en esa clase, se velaba por sus miembros ya desde su nacimiento. Nada se dejaba a la casualidad. La sangre azul es sangre azul, y no la plebe. Crecíamos exclusivamente en cortes y monasterios, que por otro lado eran los únicos oasis en aquella Edad Oscura. En los palacios, sobre todo, nos escribían, y en los monasterios nos copiaban.
Y ambas cosas se hacían con el máximo cuidado, como debe ser. Primero el papiro, después el pergamino y más tarde el papel eran muy escasos, de modo que era imposible malgastarlo con apuntes varios, versiones de trabajo y garabatos de todo tipo de los maniáticos de la escritura, sin los que hoy no se concibe el texto más banal, la lista de la compra, por ejemplo. Los autores respetaban la noble divisa del oficio de sastre: tres veces medir, una cortar. Tres veces pensar bien antes de escribir.

Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek

El libro
Zoran Zivkovic