martes, 5 de noviembre de 2013

La arqueócrata

David Roberts. Kom Ombo, Egipto, (1848).

La arqueócrata desdeña lo que no tenga milenios y sabe buscarlo. De haber sido como ella, su abuela se habría conformado con Troya, pero eran otros tiempos. El progreso sigue marcha atrás y ella lo aprovecha. La gente excava y excava, ella sabe dónde. Nada queda oculto  a sus ojos. Lleva puesto el oro más antiguo, a nadie le permite tocarlo, estaba predestinado para ella, cuando esas antiquísimas ciudades desaparecieron, sabían ya para quién era. La varita mágica que lleva en su corazón le indica dónde estuvo habitada la tierra.
Se burla de las naturalezas inferiores que, apiñándose en las joyerías, determinan con precios el valor de las alhajas. Lo venal puede estar bien para los nuevos ricos o sabandijas similares. La Arqueócrata no ignora lo que se debe a sí misma, lleva en la sangre el espíritu de esas viejísimas culturas que tardaban años en tallar una piedra y cuyos esclavos aunaban respeto, capacidad y paciencia.
No la engañan con purezas de sangre: las mezclas la han aguado; sabemos qué azares lamentables engendran a los hombres, qué orgullo es de fiar, quién no se vende; se abstiene de rastrear su origen, llegue adonde llegue, se estremecería de asco. Sólo es impoluto lo que ha yacido bajo tierra, tanto más cuantos más milenios haya estado oculto. Los ilusos que siguen creyendo en las pirámides la hacen sonreir. Que no le hablen de faraones, todas las momias son falsas, ella quiere lo auténtico, lo que se ignora, y sólo ese momento en que sale a la luz es el momento de la verdad.
Pocos días después, los embaucadores se precipitan sobre el hallazgo y cuando han pulido los preciosos objetos hasta dejarlos relucientes, parecen actuales.
La Arqueócrata no tolera a nadie en torno suyo y no tiene familia. Vigilada por perros feroces, pero obedientes, vive, cuando no está de viaje, sola. Más casi siempre está de viaje. Con su inmensa fortuna, que desprecia, ayuda a los arqueólogos de todo el mundo, y cuando descubren algo acude inmediatamente para reclamar su legítima antes de que se convierta en un bien público y pase a los museos, donde desaparece para siempre.

Traducción de Juan José del Solar

Cincuenta caracteres
Elías Canetti