domingo, 17 de noviembre de 2013

Los juegos y los hombres

Roger Caillois. Foto tomada de la Editorial Siruela.

Aun siendo igualitaria, una sociedad difícilmente da esperanzas a los humildes de salir de su existencia decepcionante. Casi a todos los condena a permanecer de por vida dentro del marco estrecho que los vio nacer. Para engañar una ambición que la escuela les enseña que tienen derecho de tener y que la vida pronto les demuestra como quimérica, los arrulla con imágenes radiantes: mientras que el campeón y la estrella les hacen brillar el ascenso deslumbrante permitido al más desheredado, el protocolo despótico de las cortes les recuerda que la vida de los monarcas no es feliz sino en la medida en que conserva algo en común con la propia, de suerte que no es de tanto provecho haber recibido de la suerte la investidura más desmesurada.
Esas creencias son extrañamente contradictorias. Mas, por falaces que sean, manifiestan una especie de engaño indispensable: proclaman una confianza en los dones de la suerte cuando favorecen a los humildes, y niegan las ventajas que ofrecen, cuando garantizan desde la cuna un destino soberbio a los hijos de los poderosos.

Los juegos y los hombres
Roger Caillois