sábado, 26 de julio de 2014

Vigilias

Octavio Paz, Malmoe, 1988, fotografiado por Jonn Leffmann, (Wikipedia).

El Monstruo -En las horas vacías, cuando, despojado de todo lo que soy (el pasado y el futuro, lo que sueño y me sueña, lo que recuerdo y lo que olvido y lo que pienso o me piensa), quedo inundado de mí, de mi sola presencia, de mi solo ser: soy. De la soledad emerjo, río creciendo, como la marea de las lágrimas, como el deseo. Algo crece, brotando del centro de mi ser, inundando mi pecho: algo, mi yo, crece: sus manos invisibles tocan mis paredes interiores y por mis ojos, deslumbrado, ve. Ya sólo soy yo. Un yo íntimo, escondido, hecho de avidez y de tiempo; un yo tiránico, que expulsa a mi otro yo, a mis otros yoes -de los que puedo hablar, mis servidores, mis espejos, mis manos, mis máscaras, que me aproximan al mundo, que me defienden y me entregan. Yoes de mi pensamiento, de mis sentimientos, de mis recuerdos, de mis hiprocresías, de mis buenos propósitos, yoes del sueño y de la vigilia, yoes que responden a mi nombre, bautizados, afables, coléricos...¡Pero este yo, sin nombre, bárbaro, mudo, que nada quiere, del que nada sé y que sólo es! Yo anterior a todos mis yoes, a todos mis fracasos y mis ambiciones y mis esperanzas, substancia de mi ser (y sin embargo extraño), alimento de mí, padre ciego, que no piensa ni desea, anterior a la luz y a mi nombre: único y verdadero yo. Nada sabe de mí y nada sé de él, pero él y yo somos el mismo y lo mismo.

Primeras letras (1931-1943)
Octavio Paz