martes, 20 de enero de 2015

Apocalíptica

José María Merino. Días imaginarios.

En el fondo del mar, en algún punto entre las Columnas de Hércules, podría estar aquel Supremus Morbus que, encerrado en una botella de cristal guardada a su vez dentro de un cilindro broncíneo con las señales herméticas, se hundió con el barco que lo transportaba, el de unos piratas que se lo habían robado al mismísimo Julio César, su último poseedor después de muchos siglos de azarosas tenencias.
Se sabe que el testimonio de la certeza del objeto, ahora legendario, estuvo en un famoso manuscrito que un histórico incendio hizo desaparecer de la biblioteca más famosa de los tiempos antiguos.
Imagino el objeto en el fondo del mar, acaso lentamente desplazado a lo largo de los tiempos por las corrientes incansables que, como caricias, desprenden el mar y el océano en su inevitable y continua fusión. Imagino, entre los innumerables incidentes ciegos trazados fatalmente en torno a su rescate, el de ciertos pequeños conflictos pesqueros recurrentes, sobre los que se extiende la sombra de la soberanía de Gibraltar.
Las corrientes contrapuestas siguen empujando, entre espirales de cielo menudo, el objeto sumergido.
No quiero pensar que el juego de la política y de la necesidad acabará al fin haciendo coincidir una red de pesca con ese objeto que la buena fortuna de la humanidad hundió en el lecho marino hace tantos centenares de años.
No quiero pensar que las estrellas tienen fijada esa fecha, el momento en que alguien recupera el objeto, el momento en que lo abre.

Días imaginarios (2002)
José María Merino