lunes, 19 de enero de 2015

Novecientos

Holger Drachmann. La costa sur de Hammershus.

Novecientos levantó la mirada del plato y me dijo: "En Nueva York, dentro de tres días, bajaré de este barco".
Me quedé Helado.
Pras.
A un cuadro no le vas a pedir nada. Pero a Novecientos sí. Lo dejé en paz un poco y luego empecé a molerlo, quería entender por qué, tenía que haber una razón, uno no está treinta y dos años a bordo de un barco y luego un día de pronto se baja de él, como si nada, sin siquiera decir la razón a su mejor amigo, sin decirle nada.
"Tengo que ver algo ahí abajo", me dijo.
!¿El qué? No quería decirlo, y se puede entender porque cuando al final lo dijo, lo que me dijo fue:
"El mar."
"¿El mar?"
"El mar."
Lo que faltaba. Podías pensar en todo menos en eso. No quería creerlo, parecía una tomadura de pelo, y de qué forma. No quería creerlo. Era la gilipollez del siglo.
"Llevas treinta y dos años viendo el mar, Novecientos."
"Desde aquí. Y lo quiero ver desde allá. No es lo mismo."
Santo cristo me parecía estar hablando con un niño.
"Bueno, pues espera a que estemos en el puerto, te asomas y lo miras de una vez. Es lo mismo."
"No es lo mismo."
"¿Y a ti quién te lo ha dicho?"
Se lo había dicho uno llamado Baster, Lynn Baster. Un campesino. De esos que viven cuarenta años trabajando como burros y que todo lo que han visto es su tierra y, alguna que otra vez, la gran ciudad, unas millas más lejos, el día de la feria. Solamente que a éste la sequía le había quitado todo, la mujer se había escapado con un predicador de no sé qué, y a los hijos se los había llevado la fiebre, a los dos. Uno con la estrella en la frente, vamos. Y así, un buen día había cogido sus cosas, y recorrido toda Inglaterrra a pie para ir a Londres. Como no tenía mucha mollera para las carreteras, en lugar de llegar a Londres terminó en un pueblucho, donde sin embargo si seguías el camino, cogías dos curvas y dabas la vuelta detrás de una colina, al final, de pronto, veías el mar. Nunca lo había visto antes. Se quedó pasmado. Lo había redimido, si creemos en lo que decía. Decía: " Es como un grito gigantesco que grita y grita, y lo que grita es: ¡punta de cabrones, la vida es algo inmenso, lo queréis entender de una vez! Inmenso". Él, Lynn Baster, no había pensado nunca en ello. Fue como una revolución... en su cabeza.

Traducción de José Manuel López y Marinella Pigozzi

Novecientos
Alessandro Baricco