martes, 17 de febrero de 2015

Onomarco de Andros

Edward Francis McCartan. Muchacha bebiendo de una concha, 1915.

Libro II
18
Onomarco de Andros, el sofista, no suscitó admiración, pero tampoco pareció despreciable. Ejercía la enseñanza en la época en que Adriano y Cresto enseñaban en Atenas y, como vivía en una tierra próxima al Asia, se contagió, como quien se contagia de oftalmía, del estilo jónico practicado, sobre todo, en Éfeso, por lo que les parecía a algunos que no había recibido lecciones de Herodes, en lo cual se equivocan  respecto a él. Posiblemente, por la causa que he dicho, estropeó la calidad de su elocuencia, pero la acumulación de pensamientos, indeciblemente grata, era como la de Herodes. Puede verse qué calidad de orador es en El que se enamora de una estatua, si no parezco poco serio al citarlo. Dice así: "Oh belleza viva en cuerpo sin vida, ¿cuál de los dioses te esculpió? ¿Persuasión, una Gracia, el mismo Eros padre de la belleza? Todo lo posees en verdad, viveza en el rostro, lozanía en la piel, agudeza en la mirada, sonrisa graciosa, rubor en las mejillas, indicios de que me oyes. Y también tienes voz siempre a punto de sonar. Tal vez vas a decir algo, pero cuando yo no esté, cruel, despiadada, a tu fiel amante infiel. Ni una palabra me has concedido. Por eso, echaré sobre ti la maldición más estremecedora para los seres hermosos: te deseo que envejezcas."
Dicen algunos que murió en Atenas, otros que en su patria, grisáceo el cabello y próximo a la vejez, y que era rústico de aspecto y tan desaliñado como Marco de Bizancio.

Traducción de María Concepción Giner Soria

Vidas de los sofistas
Filóstrato