lunes, 23 de marzo de 2015

Wakefield

Nathaniel Hawthorne, retratado por Charles Osgood.

Recuerdo haber leído, en algún viejo periódico o revista, la historia, contada como cierta, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que se ausentó durante mucho tiempo del lado de su esposa. Dicho así, en abstracto, el hecho no es muy raro, ni tampoco, a menos que se conozcan debidamente las circunstancias, debe condenarse por indecente o absurdo. Sea como fuere, el caso, aunque lejos de ser el más grave, es quizá el más extraño de los que figuran en los anales de la delincuencia marital; más aún, no se hallará excentricidad más notable en el catálogo de las curiosidades humanas. La pareja vivía en Londres. El hombre, con el pretexto de emprender un viaje, se alojó en una calle vecina a su propia casa y allí, sin que lo supieran su mujer y sus amigos, y sin la sombra de una razón para el exilio que se había impuesto, residió más de veinte años. Durante este tiempo vio su casa todos los días y, con frecuencia, a la Sra. Wakefield, a quien había abandonado. Después de una interrupción tan prolongada de su felicidad matrimonial -cuando su muerte se daba por segura, su herencia se había repartido, su nombre borrado de la memoria y su esposa, desde mucho tiempo atrás, se hallaba resignada a la viudez otoñal- entró una tarde por la puerta de su casa, tranquilamente, como tras un día de ausencia, y se convirtió hasta su muerte en un marido amante.

Traducción de Luis Loayza

Wakefield y otros relatos
Nathaniel Hawthorne