lunes, 11 de mayo de 2015

La ceniza

Robert Walser. Foto: Fundación Carl Seelig, Zúrich, Suiza.

Una vez escribí un ensayo sobre la ceniza, que me granjeó no pocos aplausos y en el que saqué a la luz un montón de cuestiones muy curiosas, entre otras la observación de que la ceniza no posee consistencia digna de mención. De hecho, sobre este objeto en apariencia tan poco interesante, cabe decir, tras un análisis más profundo, algunas cosas que en absoluto carecen de interés, como por ejemplo lo que sigue: Cuando se sopla la ceniza, no existe nada en ella que se niegue a dispersarse instantáneamente. La ceniza es la humildad, la insignificancia y la nimiedad mismas, y lo que es más bonito: está transida por la creencia de que no sirve para nada. ¿Se puede ser más inconsistente, débil y pobre que la ceniza? No es fácil. ¿Hay alguna cosa más dúctil y tolerante que ella? No. La ceniza no tiene carácter, y está más alejada de cualquier tipo de madera que el abatimiento de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada en absoluto. Pon tu pie encima de la ceniza y apenas notarás que has pisado algo. Sí, sí, así es, y no creo equivocarme mucho si me atrevo a manifestar la convicción de que basta abrir los ojos y mirar en derredor con atención para ver cosas que merecen que se las contemple con cierto sentimiento y cuidado.

Traducción de Rosa Pilar Blanco

Sueños
Robert Walser