martes, 30 de junio de 2015

Querido libro mío

Edward Henry Corbould. Muchacha leyendo en una barca, 1869.

Cuando Ovidio en Tristes se dirige a un libro suyo para enviarlo a Roma, donde él no puede acudir al estar desterrado, proponiéndole que salude de su parte «aquellos gratos lugares», para que al menos los visite del único modo que le es permitido, pidiéndole paciencia ante la indiscrección, cierta mesura, y que hable no más de lo necesario, lo llama «pequeño libro», «libro mío». Es una declaración más de afecto que de posesión. En realidad, se trata de un recurso para vincularse y encontrarse con el lector, para captar su benevolencia, su complicidad, su comprensión. Este lazo que liga a quien escribe con lo escrito, en una suerte de desdoblamiento que confirma su unidad, se reproduce en el gesto mismo de leer, cuando tras tener un libro entre nuestras manos y sentir sus cálidas o frías palabras notamos que algo, más o menos importante, nos vinculará a él para siempre.Y así, por esta reescritura que en cierto sentido es leer, un libro viene a ser nuestro y nosotros suyos, porque tras nuestra relación con él ya no seremos el mismo.

Darse a la lectura (2012)
Ángel Gabilondo