sábado, 20 de febrero de 2016

Escritura y lectura

Mauricio Cornelius Escher. Dibujando manos.

Un escritor y mucho más un escritor de novelas, es un ser humano que ha corrido ese riesgo y que transita entre las vidas de ficción que ha concebido y la suya propia con serias dudas, a veces, sobre la condición imaginaria o real del territorio que pisa. Entre otras cosas, porque cada «imaginador», cada creador, es a la vez un lector de ficciones ajenas y, en el fondo de su corazón, si no en su mesa de trabajo, tiene grabadas aquellas palabras de Homero que conturbaban tan poderosamente a Unamuno: «Los dioses traman las desgracias de los hombres para que la posteridad tenga algo que cantar.»Inevitablemente, viene a nuestra memoria una famosa litografía que el dibujante holandés Maurits Cornelis Escher grabó en 1948, después de haber pintado tantos laberintos constituidos por escaleras mendaces, perspectivas engañosas, geometrías que niegan la razón: me refiero a Drawings Hands (Dibujando manos), donde, sobre una hoja de papel clavada a una mesa, dos manos que han cobrado bulto se afanan en dibujarse mutuamente, ambas en idéntica posición y ambas concluyendo con minucia el puño de la camisa de su contraria. Puede que no tengamos a la vista mejor metáfora de cuanto se viene diciendo: se escribe para que alguien lea; se lee para poder escribir; se vive para escribirlo y se escribe para que alguien viva, a su vez, lo que alienta debajo de las líneas.

La escritura desatada (2000)
José-Carlos Mainer