miércoles, 10 de febrero de 2016

Vinieron las lluvias

Louis Bromfield. Vinieron las lluvias.

I
El grupo situado bajo la higuera de Bengala dejó de tocar, y Ransome vio diseñarse a contraluz todas sus cabezas juntas. Y, entonces, de la copa del árbol rompió un fantástico alboroto, una cacofonía infernal de voces y chillidos; y, por encima de la polvorienta copa de los mangos, apareció brincando toda una procesión de monos. Eran los monos sagrados de Ranchipur, de color gris y pardo, charlatanes, insolentes, cómicos y confiados en su vieja experiencia de que nadie se atrevía a matarlos: ni los hindúes, pues en tiempos remotos habían luchado en la guerra al lado de Rama , ni los europeos, por temor al terrible revuelo que levantaba el asesinato de uno solo de estos animales. Ransome los aborrecía, y, al propio tiempo, le divertía contemplarlos. Los aborrecía ahora porque rompían el encanto del atardecer con su horrible alboroto, porque destrozaban las flores del jardín y arrancaban periódicamente las tejas del cobertizo. Juan Bautista y sus amigos, enfrascados en sus chismorreos, no levantaron siquiera la vista hacia los árboles.
El ruido producido por los monos había roto el hechizo de la hora. Ransome terminó de beber su coñac, dejó el abanico y se levantó de la silla para dar un vistazo al tiempo desde la parte posterior de la casa.
El jardín era un gran cuadrilátero circundado por una alta pared de barro amarillento y ramas entrelazadas, que le daban un aspecto abigarrado en todas las partes en que las enredaderas de begonia y buganvilla no la cubrían. Ahora estaban secas; la propia tierra aparecía resquebrajada por el ardor del sol que dominaba, día tras día, sin que apareciera nunca el menor indicio de una nube bienhechora. Acá y allá, una maravilla o una malva, con sus raíces humedecidas por el jardinero con agua traída del pozo sin fondo del rincón, aparecían marchitas, retorcidas y agostadas por el irresistible calor. Días y aun semanas enteras, todos los habitantes —campesinos, comerciantes, soldados, ministros de Estado, todos— habían esperado que rompiesen al fin aquellas lluvias torrenciales que en una noche convertían jardines, campos y selva, de ardiente desierto en una gran masa verde que parecía invadirlo todo, que devoraba las paredes, los árboles, las casas. Incluso el viejo Maharajá lo había esperado durante las largas semans de calor sofocante, no queriendo abandonar Ranchipur y trocarlo por las delicias de París y Marienbad hasta saber que las lluvias habían llegado y que su pueblo quedaba a cubierto del hambre.

Traducción del inglés por J. G. de Luaces y L. Vegas López

Vinieron las lluvias
Louis Bromfield (1896-1956)