viernes, 22 de julio de 2016

Lisboa, 26 de septiembre de 1982

Howard Fogg. Tren.

Viaje en tren. Y aquí estoy, dándole alegría a mi espíritu y lamentando los perjuicios y las desgracias que el automóvil y el avión nos han causado. La velocidad terrestre o aérea de estos inquietantes medios de transporte de nuestra prisa y de nuestra soledad nunca me proporcionó momentos tan placenteros, tan cordiales y tan ricos como éstos de ahora. Un compartimento oscurecido por la presencia de cinco tipos sombríos y bastó que entrara aquel hombre aparentemente anodino, para que todo cambiase de color. A pesar de no conocer a nadie, se puso a hablar con todos, y en cosa de minutos aquel pequeño cubículo parecía un hogar feliz. No tardamos mucho en comer y beber totalmente confraternizados. Llevaba whisky en la bolsa de viaje, fue a comprar pasteles y refrescos, nos habló de su existencia aventurera de viajante de comercio e hizo reir hasta a los más serios. Y, mientras yo iba aportando también  mi chispita de gracia, pensaba en el milagro de que existan personas así, que rezuman humanidad por los cuatro costados. Que no se rinden a ese absurdo que es la vida. Que son felices en todas las circunstancias. Que animan los momentos más penosos con la irresponsabilidad de su entusiasmo. Que no han leído nunca, ni saben siquiera que fue escrito, el Eclesiastés.

Traducción de Eloísa Álvarez

Diario (1932-1987)
Miguel Torga