lunes, 22 de agosto de 2016

Intemperie sin fin

Ilustración de Suizan Kurokawa.

El haiku es una poesía que contraría la imagen tópica del escriba clavado a su escritorio, inmerso en el silencio, morador de un castillo de belleza exclusiva. Desde el comienzo de su arte, al menos desde el siglo XVI o XVII, muchos hombres del haiku reivindicaron su carácter pedestre, buscando conformarse con la condición de poetas callejeros. Quien dice calle dice polvo y barro, suciedad, ruido ambiente, estrechez, insectos y animales, suciedades varias. Quien dice calle ciudadana alude a callejeo, a peatón, a errancia y bohemia, y por ende a poesía con los pies en la tierra. Quien dice sendero campestre sugiere, sin duda, intemperie sin techo. Cuando es vagabundo, en la ciudad o el campo, el poeta vive «afuera», no tiene domicilio fijo, es nómada por fuerza, pobre por condena social. Es alguien que está situado al margen.
Vive, dije, a la intemperie: al albur de la desigualdad del clima, a cielo descubierto, a merced del irremediable desequilibrio ambiente. En lo que se refiere a domicilio, por supuesto. Y también en lo que toca al fundamento de su arte poético. Porque la intemperie, que es forma de su vida, llega a ser modalidad de su expresión y sentimiento, auténticos núcleos duros del poeta del haiku. Matsuo Bashô, augural, lo aclaraba en un terceto escrito durante una de sus caminatas por los andurriales del aislado Japón de la era Tokugawa: 

«A la intemperie
El corazón al viento
El cuerpo helado».

El libro del haiku (2005)
Alberto Silva