martes, 28 de febrero de 2017

Bosque sombrío

Juan Eduardo Zúñiga. El anillo de Pushkin.

El pueblo ruso ha creado un proverbio «El alma ajena son tinieblas» que hará desistir a quien intente entrar en los secretos de los demás, ya que el alma humana parece huir ante toda indagación, por lo que el príncipe Mishkin —de El idiota de Dostoievski— exclama: «¿Por qué no podemos nunca saberlo todo del otro?» Y el hombre en parte será irreconocible para sus semejantes y preservará una zona, un pozo de mina desconocido de todos. Porque es evidente una decisión de silencio, de ocultarse tras los tupidos matorrales, los troncos próximos ornados de musgo, bajo las vencidas ramas de los abetos. El poeta Fedor Tiutchev —del que dijo Aleksandr Blok que era «el alma más nocturna de la literatura rusa»— lo propone tácitamente en su famoso poema  «Silentium».

Calla, esconde y guarda
los sentimientos y los sueños.

En el fondo del alma
amanecen y anochecerán
igual a la estrella que vive en la noche.
Ámalos y calla.

¿Cómo expresarse con el corazón?
¿Podrá otro comprenderte?
El pensamiento comunicado es falso:
si cavas, alterarás las fuentes:
nútrete de ellas y calla.

Vivir solo en sí mismo es sensato:
en tu alma hay todo un mundo
de pensamientos secretos y mágicos;
les ahoga el fragor de fuera,
la luz del día les ciega.
Escucha su canción y calla.

El anillo de Pushkin (1983)
Juan Eduardo Zúñiga