lunes, 3 de agosto de 2009

La historia de Rásselas, príncipe de Abisinia

Samuel Johnson. Retrato de Evert A. Duycknick.
Continúase la historia de Imlac. Disertación sobre poesía.
Yo sentía deseo de añadir mi nombre a aquella ilustre hermandad. Leí a todos los poetas de Persia y Arabia y pude repetir de memoria los tomos que cuelgan en la mezquita de La Meca. Pero pronto me di cuenta de que nadie ha sido grande imitando. Mis deseos de perfección me impulsaron a dirigir entonces mi atención a la naturaleza y a la vida. La naturaleza sería mi tema, y los hombres mis discípulos, pues nunca podría describir lo que lo que no había visto, y no podía esperar que con delicias o terrores impresionaría a aquellos cuyos intereses o ideas no entendía.

Resuelto ya a ser poeta, lo veía todo con una nueva finalidad; mi campo de atención aumentó bruscamente: no debía pasar por alto conocimiento ninguno. Viajé por montañas y desiertos en busca de imágenes y símiles, y me grabé en el pensamiento todos y cada uno de los árboles del bosque y las flores del valle. Observé con igual cuidado los picachos del peñascal y los pináculos del palacio. Unas veces vagaba bordeando las sinuosidades del riachuelo y otras contemplaba las transformaciones de las nubes estivales. Para un poeta nada es inútil. Todo lo bello y todo lo horrible deben ser cosa familiar para su imaginación; y debe conocer perfectamente todo lo que es imponente por su inmensidad o elegante en su menudez. Las plantas del jardín, los animales del bosque, los minerales de la tierra y los meteoros del cielo deben todos concurrir a abastecer su entendimiento con inagotable variedad, pues cualquier idea es útil para fortalecer o adornar la verdad moral o religiosa, y aquel que más sepa, más poder tendrá para diversificar sus composiciones y para complacer a su lector con alusiones remotas e inopinadas enseñanzas.

La historia de Rásselas, príncipe de Abisinia
Samuel Johnson