viernes, 2 de enero de 2009

La isla de Pascua

Primer mapa de la isla de Pascua
La isla descubierta por Roggeveen el domingo de Pascua de 1722, quedó olvidada durante cincuenta años. Los navegantes seguían buscando la Tierra de Davis, aquel continente austral que parecía escabullirse a medida que el Pacífico desvelaba sus misterios. España, inquieta por sus colonias de América, salió del letargo y mandó dos barcos a anexionar aquellas tierras vecinas de sus dominios de ultramar.
La isla de Pascua fue descubierta por segunda vez en 1770 por Felipe González y Haedo, que se quedó en ella varios días e hizo sacar un mapa notablemente correcto. Antes de abandonar la isla, una partida de desembarco en uniforme de gala, precedida por sacerdotes que cantaban letanías, plantó tres grandes cruces sobre las colinas de Poike. No hubo ninguna escaramuza. Los indígenas sí cometieron varios latrocinios, pero compensaron esas fechorías con la libertad que dejaron a sus mujeres. Iban jovencitas a ofrecerse tranquilamente a los españoles, los cuales se indignaron mucho del cinismo de los hombres en esa ocasión.
La anexión de la isla al reino de España, bajo el nombre de San Carlos, se consignó en un acta que se leyó a los indígenas. De acuerdo con una vieja tradición española que se remontaba a la conquista de América, los indígenas fueron invitados a poner sus signos al pie del documento, en señal de consentimiento. Los pascuenses no pusieron ninguna dificultad a esa solicitud. Garrapatearon algunos trazos en el papel, sin duda imitando la escritura del manuscrito. Pero uno de ellos dibujó un pájaro del mismo estilo que el de las tabletas y los petroglifos.
La acogida de los pascuenses, cuatro años más tarde (1774), al capitán Cook fue parecida a la que habían dedicado a sus predecesores. Se mostraron vivaces, amistosos, deshonestos con buen humor y audacia. Los canastos de batata que ofrecieron en trueque iban lastrados con piedras, y escamoteaban las mercancías que ya habían cobrado para volver a venderlas. Esas pequeñas bribonadas no siempre iban sin riesgo para ellos: un oficial, impacientado, disparó su fusil contra un indígena que le había quitado una bolsa. Las mujeres, más temerosas, concedían sus favores, "a la sombra arrojada por las estatuas gigantes", a cambio de pequeños regalos.

La isla de Pascua
Alfred Métraux